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Graciela Yáñez Vicentini

Fotografías tomadas en diciembre de 2023, en El Archivo Fotografía Urbana. Caracas.

Graciela es poeta, narradora, ensayista, editora, promotora cultural, correctora, traductora y librera.

El trabajo literario de Graciela incluye 4 libros de su autoría: el poemario “La caída natural” (2023), el cuento “Una vida incontaminada” (2022), el poemario “Íntimo, el espejo. Poemas de Egarim Mirage” y el poemario “Espejos al Espejo de Egarim Mirage”.

Graciela ha desarrollado una sólida experiencia en trabajos de edición y corrección de obras literarias, con participación en varios proyectos, entre los que destaca la Obra completa de Eugenio Montejo, entre otros. También la edición y corrección del proyecto “Los rostros del futuro” de Banesco / ArtesanoGroup, dentro de Venezuela, y la gerencia cultural y corrección de Ediciones Letra Muerta.

Su trabajo ha incluido la organización y moderación de lecturas de poesía, la corrección de textos, la presentación de obras literarias, así como la promoción y participación en eventos culturales dedicados a la literatura y la poesía en Venezuela, tanto en el país como en otras partes del mundo. Ha sido coordinadora de eventos que buscan relacionar la literatura con el arte, la fotografía, el cine, el teatro, la danza, la arquitectura, la sociología, la filosofía, la música y el diseño, sobre todo con el proyecto “Los rostros del Futuro” y con Ediciones Letra Muerta.

En el año 2017 estuvo entre los finalistas del concurso de minificciones “Mosaico” de la Embajada de Argentina. Y ese mismo año obtuvo una mención por su trabajo “Del último regreso”, en el Concurso Anual Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana. Y más recientemente, en 2021, obtuvo el primer lugar en el IV Concurso Literario Cuentos por los Derechos Humanos de Provea, con su obra “Una vida incontaminada”.


Preguntas finales

Las siguientes respuestas son a preguntas que, aunque planificadas, no fueron llevadas a cabo a la hora de realizar la entrevista. Nuestra invitada, Graciela Yáñez Vicentini, se dio a la tarea de redactar las siguientes respuestas por iniciativa propia y éstos no han sido editados por nuestro equipo para esta ocasión:

P.: Has sido galardonada en múltiples ocasiones, como con el primer lugar en el IV Concurso Literario Cuentos por los Derechos Humanos de Provea. ¿Qué significan para ti estos reconocimientos?

R.: Hace un par de días hablaba con Rafael Cadenas sobre un tema que le encanta deconstruir, que es el de la fama. Él me decía que no le gusta (la fama), cosa que cualquiera puede percibir, porque es algo que básicamente salta a la vista, y cualquiera que lo haya tratado hasta cierto punto sabe que, al decirlo, no hay pose alguna de su parte. No estoy diciendo que yo me parezca a Cadenas, y obviamente no me he ganado galardones que se acerquen en ninguna medida a los suyos, pero sí coincido con él en la observación –a mi parecer muy inteligente– de que los premios le sirven al escritor, principalmente, en el aspecto económico. No es secreto para nadie que los escritores, y en especial los poetas, luchan por poder vivir de su oficio, sacando tiempo de donde no les queda para su propia escritura personal. Varias veces he escuchado a Rafael contar una anécdota magnífica: estaban de viaje en España varios escritores de trayectoria como él, y les pedían llenar unos formularios donde debían indicar, entre otros datos, la categoría referente a su profesión. Eugenio Montejo le preguntaba a Rafael Cadenas qué debía colocar en esa casilla. Rafael dice que no recuerda al final qué puso Eugenio, pero que le llamó la atención que los escritores nunca saben qué colocar en esa casilla, y es verdad. Los premios, creo, tienen la misma validez que los matrimonios (y esto lo digo yo, que nunca me he casado): validan ante la mirada de los otros nuestras relaciones íntimas con nosotros mismos o con quienes nos son más íntimos: nuestras parejas, nuestros hijos (nuestros libros). Pueden ser asuntos muy distintos –hay matrimonios que difícilmente podrán ser vistos como premios– pero ambos tienen la misma función: certificar algo que ya sabemos, pues, íntimamente; pero que resulta útil legitimar ante los ojos de los demás, como para ponerle una categoría o un nombre a algo que realmente se lleva por dentro. 

Sin embargo, y esto lo digo porque yo en falsas modestias no creo (cosa que no me cansaré de decir, así como Ernesto Sabato insistía en hablar sobre la vanidad): para mí esos reconocimientos han sido muy valiosos. La primera vez que quedé de segundo lugar en un concurso de poesía tenía 15 años, y tanto ese premio –que contó con un jurado que incluía, nada más y nada menos, que a uno de mis grandes maestros, Igor Barreto– como los lugares y menciones que obtuve en la Semana del Estudiante de la UCV –entre esos jurados estaban Edda Armas, mi actual editora, y quienes fueran mis profesores y luego amigos, Gisela Kozak y Vicente Lecuna– fueron como un espaldarazo en el hombro, porque yo estaba apenas empezando, y eso me hizo saber que a alguien más le gustaba o podía interesarle, en cierta medida, lo que yo estaba haciendo. Y a esa edad eso es muy importante. Digo empezando en el sentido de que estaba empezando a mostrar lo que escribía, no porque estuviera empezando a escribir: no hay un momento de mi vida que yo recuerde en que yo no estuviera escribiendo, excepto las etapas de sequía por las que todos pasamos… que son como un paréntesis, paréntesis de lectura (que es realmente otra forma de escritura, porque es ahí donde la segunda se gesta). Pero yo escribo desde niña, desde que descubrí la palabra y ella se instaló en mí, para quedarse. En todo caso, esos reconocimientos, que vinieron en el momento en que empezaba a mostrar mis textos y además vinieron de personas que hoy en día admiro y respeto muchísimo y han jugado un papel importantísimo en mi recorrido, significaron un estímulo para continuar haciendo lo que hacía como lo hacía, desde el lugar más franco que puedo ofrecer, que es el de mi escritura. Y, después, los reconocimientos que más relevancia han tenido para mí son los que me han valido mis experimentos con el diario literario, y esto lo digo como un guiño a mi amigo y también editor Néstor Mendoza, eterno defensor y promotor del diario como género. Nuestro país está lleno de buenos diaristas: el propio Néstor, Alejandro Sebastiani Verlezza, entre los de mi generación; Rafael Castillo Zapata, Victoria de Stefano, Armando Rojas Guardia. Armando iba a dictar un taller de diaristas venezolanos en La Poeteca cuando comenzó la pandemia, y nos quedamos sin la oportunidad de ver esa maravilla. Gracias al taller de ensayo que coordiné para Armando en la Fundación para la Cultura Urbana, en el período 2007-2008, escribí una serie de ensayos (otro de mis géneros predilectos) que intercalé con mis diarios de viaje, algunas crónicas y correspondencias, y un par de poemas en prosa, y de ahí salió Del último regreso, mi tesis de licenciatura en Letras de la UCV, que terminó ganándose una mención en uno de mis concursos favoritos, el Transgenérico de la FCU, precisamente. No pierdo la esperanza de que ese libro salga publicado en esa casa editorial, que fue mi casa y también la casa que, a través del taller de Armando, sembró la semilla en mí para que ese libro brotara.  

El premio que mencionas, el de Provea, tiene un significado muy especial también, muy “entrañable” como hubiera dicho Armando, porque me cayó totalmente de sorpresa: no me lo esperaba, no creía que podía ganarme un concurso de cuentos con un texto tan raro, tan intertextual y tan híbrido; no creía además que podía convertir ese texto tan personal y tan confesional en un relato de ficción y mucho menos calificar con él para un concurso sobre derechos humanos, cuando todo lo que digo ahí lo escribí desde un lugar que me temo bastante políticamente incorrecto en los tiempos de exclusión, violencia, enfermedad, cancelación, intolerancia (palabra que ni siquiera me gusta), irrespeto y franca locura que corren… y que no parecen tener ningunas ganas de cesar.

P.: ¿En qué proyectos estás trabajando actualmente y qué podemos esperar de Graciela Yáñez Vicentini en el futuro cercano?

R.: Esta pregunta me encanta y la agradezco mucho, aunque suene como una pregunta común. Estoy trabajando en el montaje de la pieza El ángel de Lucian Vacaresco, el heterónimo póstumo que nos dejó Eugenio Montejo, y que acabamos de publicar Antonio López Ortega, Miguel Gomes y yo con Pre-Textos en el tercer volumen de su Obra completa y de presentar parcialmente, como una lectura dramatizada, los miembros del Proyecto El Ángel, gracias a la generosa dirección de Luigi Sciamanna, con actuación suya y de Antonio Delli, Egon Ilka y Egarim Mirage (risas). El abreboca de lo que será la pieza entera lo ofrecimos el pasado 27 de noviembre en el recital Los emisarios de Puerto Malo en La Poeteca, video que estará próximamente en el canal de YouTube de dicha fundación y cuya transmisión en vivo quedó registrada en el IG de @elbuscon1. 

El año pasado hicimos un recital a 20 voces, de poesía y fragmentos ensayísticos de Eugenio ortónimo, en la FLOC, en el que participaron desde Yolanda Pantin e Igor Barreto hasta la propia Aymara Montejo; pasando, entre otros, por Victoria de Stefano, Eduardo Liendo, Katyna Henríquez Consalvi, Vasco Szinetar, Gabriela Kizer, Samuel González Seijas, Kira Kariakin, Ricardo Ramírez Requena, Franklin Hurtado, varios profesores de Letras UCAB, los tres editores –Antonio, Miguel y yo– y nuestros presentadores de lujo de los dos primeros volúmenes, Andrés Sánchez Robayna y Alfredo Chacón. Por eso, este año, el turno era para los heterónimos, y los celebramos en grande la tarde del 27 de noviembre, por medio de un recital, digamos, “interdisciplinario” en La Poeteca. “Bueno, aquí ha habido de todo”, dijo Rafael Cadenas en las palabras que nos dedicó para cerrar el evento. Y así fue. Hicimos un encuentro para leer a todos los heterónimos de Eugenio, que incluyó videos de Miguel Gomes y Carlos Sandoval, lecturas presenciales del editor de Pre-Textos Manuel Borrás, de María Antonieta Flores, Antonio López Ortega y yo; música en vivo con Bartolomé Díaz y dos jóvenes magníficas de Musicum Unimet, y, como comentaba al principio de esta respuesta, la lectura dramatizada de una parte de la pieza teatral El ángel. Para el 2024 queremos hacer un montaje de la pieza completa, con todas las de la ley, proyecto que seguirá a cargo de Luigi Sciamanna y para el que estamos buscando patrocinio. Vienen también las presentaciones del tercer volumen de Montejo en España y en otras latitudes, así como un proyecto que hemos pensado con Vasco Szinetar, relacionado con el apéndice gráfico que hicimos con él en ese volumen. 

Por otro lado, tengo planes con la selección de poetas que hice para la revista checa Plav, en su número dedicado a Venezuela que ya se presentó en Praga, y que en cuanto nos llegue al país queremos presentar con las poetas vivas que forman parte de la muestra: María Fernanda Palacios, Gabriela Kizer, María Clara Salas, Christiane Dimitriades y Yolanda Pantin. También tengo un par de proyectos relacionados con traducción: para este número de Plav dedicado a nuestra poesía estuve colaborando y emprendiendo unas traducciones de Ida Gramcko, con las que tengo intención de continuar. 

Ida es, desde luego, una poeta muy compleja, con un lenguaje muy rico que no resulta nada fácil siquiera para leer en castellano, así que creo que ese es un proyecto para emprender en equipo. Por ahí anda Talinda Lucky llevando Íntimo, el espejo de Egarim Mirage al inglés; a lo mejor me puedo asesorar un poco con ella. El diálogo, además, siempre es fructífero a la hora de editar, corregir, traducir. En ese sentido, pues para eso está el equipo de Letra Muerta Inc., con el que también vienen varios proyectos este año. 

En general, tengo algunos planes de ediciones de poesía venezolana en Estados Unidos, de los cuales no puedo adelantar nada todavía… Y hay otra poeta venezolana cardinal para mí (que tampoco debo revelar aún) que siempre he sentido la necesidad de traducir, y siento que esa necesidad se empieza a imponer, que se acerca el momento de trabajarla. Recientemente la estuve releyendo en un taller de poesía que estoy dictando, y me pasó como con los amigos de toda la vida cuando uno se reencuentra con ellos en un bar: los vínculos se ratifican, la sensación esa de que no ha pasado ni un día sin tenerlos cerca nos reafirma que son autores/amigos esenciales. 

Estoy, por cierto, armando un taller de poesía para jóvenes que quiero dictar el año que viene. También me entraron ganas de retomar ese ciclo que hacía con Kira Kariakin y el apoyo de Eleonora Requena, Poesía de Ocasión, en El Buscón, pues tengo una idea (o dos) para las que podrían ser las próximas tertulias. En cuanto a mi escritura propia, quiero acompañar un poco el recorrido de mis dos libros presentados este año, pues el camino de esos hijos literarios de uno apenas arranca cuando salen a la luz. Y, sí, porque esa siempre es la pregunta detrás de la pregunta: hay varios libros inéditos que estoy trabajando, entre ellos los Poemas amarillos de Graciela Alejandra Armando. Ese es un libro-baúl: es posible que contenga dos poemarios en lugar de uno solo dentro de sí, así como dos voces poéticas distintas. Y es, además, un baúl abierto, que no termina de cerrarse: siempre cabe un poema más, porque siguen surgiendo. Definitivamente, como le dije hace unos meses a Edda Armas: el amarillo me obsesiona, me persigue.


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